"Hay que desvivirse por los demás". Gracias a Dios, y seguramente no lo podría haber dicho mejor y más exactamente, en mi circunstancia actual oigo esa expresión a menudo, aunque a mí me la enseñó mi madre. Dice la RAE que uno se desvive cuando muestra incesante y vivo interés, solicitud o amor por alguien o algo. Y ¿dónde está el nexo? En la experiencia: nadie que haga, o intente hacer, lo que dice esa definición dudará: amar es desvivirse. Y desvivirse es quitarse la vida a uno mismo: matarse por otro, morir por otro. Por eso Benedicto XVI, cuando aún no era Santo Padre, decía algo tan fuerte, verdadero y brillantemente expresado como su "el amor es un acontecimiento mortal" porque, explicaba, exige la muerte de mi yo para que viva su yo: un tú. Y, puestos a elevarse, así hay que entender el sacrificio de la víctima que el cristianismo dice ser la única relevante: Jesús. También, por cierto, lo dijo Él: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". (Jn 15, 13 ). A esto se le llama escalar. Y no está mal, por hoy. Mi consuelo es que hay todavía gente que intenta vivir así.
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lunes, 8 de febrero de 2010
Desvivirse
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sábado, 19 de diciembre de 2009
Regalos
Ahora que estamos en Navidad y es una tradicional época de regalos, me ha hecho ilusión darle vueltas al origen de los mismos.
Por un lado, el hecho de regalar, es simple y llano: a Jesús, cuyo nacimiento se celebra en estos días -no lo perdamos de vista-, le visitaron unos reyes magos, o magos, a secas, o sabios, como asegura la tradición, y le llevaron sus presentes, sus dones: oro, incienso y mirra. Cada uno de ellos tenía un significado bien concreto, que los teólogos de todos los tiempos han sabido explicar con facilidad.
De todos modos, aunque rememoramos este hecho, parece obvio que el regalo es algo muy humano. Dice la RAE que regalar es (del it. regalare; fr. régaler)dar a alguien, sin recibir nada a cambio, algo en muestra de afecto o consideración o por otro motivo. Nada más lejos de aquel do ut des tan de nuestro egoísta tiempo. De todos modos, no me sirve esta raíz, y hay que acudir al "regalis, regale" ese adjetivo -real- del nombre "rex, regis": rey. Lo propio del rey es ser magnánimo y regalar. Lo más propio, por lo visto: esa etimología lo dice claro.
Y, por la época y mis creencias, he estado releyendo cosas de Benedicto XVI acerca de los regalos y los tiempos navideños. Inteligente y brillante como pocos, da en el clavo, como siempre. El regalo es de los más humano, y quizá lo más humano: cada cual, rey de su existencia, da sin esperar nada a cambio. El hombre explicado como apertura de sí mismo hacia los demás, sin esperar nada a cambio. Increíble.
Por un lado, el hecho de regalar, es simple y llano: a Jesús, cuyo nacimiento se celebra en estos días -no lo perdamos de vista-, le visitaron unos reyes magos, o magos, a secas, o sabios, como asegura la tradición, y le llevaron sus presentes, sus dones: oro, incienso y mirra. Cada uno de ellos tenía un significado bien concreto, que los teólogos de todos los tiempos han sabido explicar con facilidad.
De todos modos, aunque rememoramos este hecho, parece obvio que el regalo es algo muy humano. Dice la RAE que regalar es (del it. regalare; fr. régaler)dar a alguien, sin recibir nada a cambio, algo en muestra de afecto o consideración o por otro motivo. Nada más lejos de aquel do ut des tan de nuestro egoísta tiempo. De todos modos, no me sirve esta raíz, y hay que acudir al "regalis, regale" ese adjetivo -real- del nombre "rex, regis": rey. Lo propio del rey es ser magnánimo y regalar. Lo más propio, por lo visto: esa etimología lo dice claro.
Y, por la época y mis creencias, he estado releyendo cosas de Benedicto XVI acerca de los regalos y los tiempos navideños. Inteligente y brillante como pocos, da en el clavo, como siempre. El regalo es de los más humano, y quizá lo más humano: cada cual, rey de su existencia, da sin esperar nada a cambio. El hombre explicado como apertura de sí mismo hacia los demás, sin esperar nada a cambio. Increíble.
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